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jueves, febrero 12, 2026
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    Cuando aburrirse era normal

    La generación que creció entre 1960 y 1970, conocida como boomer, no tenía internet. No tenía redes sociales. No tenía estímulos permanentes en el bolsillo. Tenía otra cosa: tiempo muerto.

    Aburrirse no era un problema a resolver. Era parte del día. El silencio no generaba ansiedad inmediata. No había una pantalla esperando cada microsegundo de atención. Eso cambió radicalmente.

    Hoy el vacío es intolerable. Cualquier pausa activa la necesidad de estímulo: video, mensaje, notificación, contenido. El ocio dejó de ser espacio fértil para volverse espacio que hay que llenar.

    Pero el cambio no es solo tecnológico. Es mental. Antes, el error era parte visible del proceso. No quedaba archivado públicamente. No era material permanente de comparación. Uno se equivocaba en un ámbito más acotado. Fallar no implicaba exposición masiva. Hoy el error es directamente insoportable, imperdonable.

    Hoy todo puede circular, guardarse, reproducirse. La comparación también existía en los años 60 y 70. Siempre existió. Pero era local, limitada. El modelo a superar era alguien del barrio, del colegio, del trabajo. Ahora la comparación es global. Permanente. Inalcanzable.

    A eso se suma otra diferencia: las opciones. Las decisiones en aquella época eran menos, incluso escasas. La carrera posible, la pareja posible, el camino posible estaban condicionados. Eso tenía límites, pero también claridad. La elección no podía postergarse indefinidamente.

    Hoy la amplitud de opciones genera otra angustia: la sensación de que siempre hay algo mejor si seguimos buscando. Decidir implica renunciar, y renunciar cuesta más cuando el mercado ofrece infinitas alternativas.

    No se trata de idealizar el pasado. Aquella generación también tenía restricciones duras, mandatos rígidos y menos movilidad. Pero vivía en un entorno con menos ruido. Menos estímulos. Menos comparación global. Menos exposición permanente.

    Tal vez por eso la experiencia del tiempo era distinta. Y con el tiempo, la experiencia del error y de la decisión también lo era.

    La pregunta no es qué época fue mejor. La pregunta es qué tipo de carácter forma cada entorno.

    Una generación criada en la espera no responde igual que una generación criada en la inmediatez. Y esa diferencia, más que tecnológica, es cultural.

     

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