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lunes, marzo 2, 2026
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    Cuando la pasión se convierte en delincuencia: El Clásico que dejó a Rosario con vidrieras rotas.

    El clásico rosarino volvió a dividir la ciudad en rojo y negro y azul y amarillo. En el Estadio Marcelo Bielsa, Rosario Central se impuso otra vez sobre Newell’s Old Boys y profundizó la crisis deportiva de la Lepra. Ese es el dato futbolístico. Duro para algunos, festejado por otros. Parte del juego.
    Lo que no forma parte del juego es lo que vino después.

    Terminó el partido y comenzaron las corridas, los piedrazos, los enfrentamientos con la policía. Y, peor todavía, el ataque directo a comercios y propiedades privadas en las inmediaciones del estadio. Vidrieras destruidas. Persianas arrancadas. Negocios dañados por personas que, amparadas en el tumulto, decidieron descargar frustración contra el primero que encontraron indefenso.
    Eso no es folklore. No es pasión. No es “bronca del hincha”. Es vandalismo puro y simple.
    El fútbol puede explicar emociones intensas. Pero no habilita a nadie a romper el esfuerzo ajeno. El comerciante que invirtió sus ahorros, que paga impuestos, que genera empleo y que abre todos los días su local no tiene nada que ver con un resultado deportivo. Sin embargo, termina financiando la violencia de una minoría que usa la camiseta como excusa.

    Hay que decirlo con claridad brutal: el que rompe una vidriera no es un hincha desbordado, es un delincuente. Y si no se lo trata como tal, el mensaje social es devastador.
    Rosario no puede seguir naturalizando este patrón. Cada evento masivo que termina en destrozos erosiona la autoridad del Estado, la confianza entre vecinos y la idea misma de convivencia. Cuando la ley retrocede ante el grupo violento, la ciudad entera pierde.

    No alcanza con lamentar los hechos. No alcanza con comunicados tibios. Se necesitan medidas concretas y sin ambigüedades.
    Identificación inmediata de los responsables mediante cámaras y registros.
    Detenciones efectivas.
    Procesamientos rápidos.
    Derecho de admisión real y sostenido en el tiempo.
    Y algo más profundo: una decisión política firme de no romantizar nunca más al inadaptado. El que destruye no es un rebelde romántico ni un símbolo de resistencia. Es alguien que eligió dañar al prójimo.

    El clásico es una tradición centenaria. La violencia sistemática no lo es. Confundir una cosa con la otra es una forma de decadencia cultural.

    La ciudad necesita recuperar una idea básica que parece obvia pero que hay que repetir: la propiedad privada se respeta. El trabajo ajeno se respeta. El orden público se respeta. Sin esos pilares, no hay comunidad, solo caos episódico.

    Un partido se gana o se pierde. Eso es parte de la competencia. Pero cuando la derrota se transforma en excusa para arrasar el barrio propio, el problema ya no es futbolístico. Es moral y cívico.
    Rosario merece clásicos intensos, estadios vibrantes y rivalidades apasionadas. No merece vidrieras rotas ni comerciantes llorando pérdidas. La pasión que destruye deja de ser pasión y se convierte en amenaza.
    Y a las amenazas no se las comprende: se las enfrenta con ley, firmeza y consecuencias reales.

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