En una época donde gran parte de la política parece construida para durar apenas un par de tendencias en redes sociales, Nicolás Scavuzzo representa una figura difícil de encasillar.
Para algunos sigue siendo aquel joven rosarino que irrumpió en debates universitarios defendiendo posturas conservadoras cuando pocos se animaban a hacerlo públicamente. Para otros, detrás de la confrontación mediática siempre hubo algo más complejo: un armador político obsesionado con la construcción, atravesado por la fe, la lealtad y una idea casi emocional de la política.
Su recorrido estuvo marcado por discursos intensos, internas partidarias, vínculos fuertes, rupturas, reconstrucciones y una constante búsqueda de algo que él mismo define como “real”.
Y quizás ahí esté la clave para entenderlo.
“No me veía como militante”, dice. “Me veía como portador de un mensaje.”
El chico que discutía para salvar algo
Scavuzzo no habla de su ingreso a la política como quien cuenta una estrategia de carrera. Habla como alguien empujado por una necesidad moral.
“Siempre tuve las mismas creencias desde niño”, recuerda. Su madre, evangélica pentecostal, fue una influencia central en esa primera formación espiritual. Más tarde llegaría su conversión al catolicismo, algo que atraviesa toda su narrativa personal y política.
Pero incluso ahí aparece algo llamativo: su acercamiento a la fe no fue solamente espiritual. También fue estético.
“Desde que me convertí al catolicismo trato de acercarme a Cristo incluso desde la elegancia”, cuenta. “Intento no ser vulgar y eso hasta modificó inconscientemente mi léxico.”
La frase parece pequeña, pero revela mucho. En Scavuzzo la política, la fe y la identidad personal aparecen constantemente mezcladas con una idea de forma, presencia y construcción simbólica.
Cuando habla de aquellos años de militancia intensa no lo hace desde la épica partidaria sino desde el conflicto emocional.
“En el caso de discutir en contra del aborto, yo quería que el niño por nacer tuviese la oportunidad de vivir y que la mujer que pensara en abortar supiera que a mí, como a muchos otros, me importaba incluso aunque no la conociera.”
Ahí aparece un rasgo constante en él: interpreta la confrontación como una forma de protección. Incluso cuando admite que muchas veces disfrutaba el conflicto.
“¿Disfrutabas demasiado incomodar?”, le preguntamos.
Se ríe.
“Sí, jajaja.”
Pero inmediatamente después vuelve sobre la idea del amor como motor político.
“Creo que soy primero sensible y luego combativo. Porque tengo tanto amor para dar, y se me negó tanto amor a la vez, que soy combativo por amor.”
Sin embargo, también reconoce algo incómodo:
“Absolutamente todo de mí sigue peleando más de lo que escucha.”
Y quizás ahí aparezca una de las contradicciones centrales de su personalidad: un hombre que habla constantemente de amor, pero que durante años encontró en la confrontación su principal forma de expresión pública.
Rosario: amor, identidad y herida
Si hay una palabra que atraviesa toda la conversación es Rosario.
No la menciona como escenario electoral. La menciona como quien habla de alguien cercano.
“Rosario es mi identidad. Soy rosarinista de pura cepa”, dice entre risas.
Pero después el tono cambia.
Describe una ciudad “sangrando al honesto”, atrapada entre violencia, deterioro urbano, pérdida de identidad y resignación social.
“Rosario es cuna de grandes deportistas, artistas, profesionales y acontecimientos heroicos de la historia”, afirma. “Verla sumergida en ideas que promovían la muerte, la pérdida de identidad y el desorden fue uno de los impulsores de mi participación política.”
Y entonces lanza una de las frases que mejor explican su lógica personal:
“No porque yo quisiera jugar al héroe, sino porque es lo que un padre hace por su hijo cuando lo ve mal.”
Esa idea —la política entendida como deber afectivo— atraviesa todo su discurso.
Incluso en iniciativas concretas, como su participación en proyectos vinculados al orden urbano y la problemática de los trapitos en Rosario, aparece menos el agitador ideológico y más alguien obsesionado con restaurar cierta normalidad social.
Del polemista al armador
La imagen pública de Scavuzzo muchas veces simplificó su recorrido.
Detrás del dirigente mediático hubo campañas, estructuras, armados y construcción territorial.
Fue candidato a concejal por UNITE, trabajó cerca de Ricardo Vigna, pasó por el Partido Moderado y terminó formando parte de una ruptura importante dentro de ese espacio.
Pero hay un nombre que aparece una y otra vez en su relato: Matías Brito.
“Mi mejor amigo hoy y mi gran potenciador político”, lo define. “Un complemento necesario y fantástico para mí.”
Según cuenta, el punto de quiebre llegó después del paso de Nahuel Sotelo por Rosario.
“Cuando él se fue, quedamos unidos del grupo que había armado Matías Brito y yo.”
Ese núcleo político terminaría confluyendo luego con figuras como Franco García, Irina Rivero y la familia Vigna.
Dentro de ese espacio, distintos sectores recuerdan especialmente el fuerte vínculo político y personal que Scavuzzo mantenía con Carla Vigna, una de las dirigentes más cercanas a él junto a Matías Brito y Franco García. Según detallan personas del entorno, esa conexión terminó convirtiéndose en uno de los motores humanos y políticos más importantes de aquella etapa.
Porque si algo atraviesa la historia política de Scavuzzo es la importancia de los vínculos.
Habla de lealtad con intensidad poco habitual en política. Habla de construcción colectiva casi en términos afectivos. Y cuando recuerda ciertas etapas de su vida política, aparecen complicidades, afectos y conexiones humanas que parecen exceder ampliamente la lógica fría de las estructuras partidarias.
“No buscábamos safar el día”, afirma sobre aquella ruptura. “Éramos personas con hambre de hacer grandes y reales cambios.”
Quizás la palabra más importante ahí sea “reales”.
Porque Scavuzzo parece obsesionado con distinguir lo auténtico de lo teatral.
“La política argentina es una manipulación magnificada”
Hay un momento de la entrevista donde aparece el verdadero desencanto.
No habla de traiciones personales. Habla de algo más estructural.
“Descubrí que la política actual no funciona como debería funcionar porque no es un poder real. Es una mera manipulación magnificada.”
La frase resume buena parte de su visión actual.
Para él, gran parte de la dirigencia vive atrapada entre relato, ego y marketing.
“Existen los malos habladores porque existe la gente influenciable”, dispara en otro momento de la conversación.
No parece una frase improvisada. Parece una conclusión.
Y paradójicamente, alguien que entiende muy bien las reglas de la exposición pública terminó alejándose parcialmente de ella.
“Cuando pasé a participar de estructuras políticas fue cuando empecé a abandonar el debate público. No por miedo, sino porque terminó esa etapa.”
Hoy se define en pausa.
“No ausente.”
Más que un retiro, parece una etapa de reconstrucción.
“Estoy enfocado en mejorar y aprender, en reconstruirme personal, espiritual, política y socialmente.”
Y probablemente ahí aparezca la verdadera diferencia entre el Scavuzzo de antes y el de ahora.
El primero quería ganar discusiones. El segundo parece obsesionado con no perderse a sí mismo.
El problema del personaje
Tal vez la parte más interesante de Scavuzzo aparezca cuando habla de sí mismo con crudeza.
Reconoce el peligro del ego. Reconoce el atractivo de la admiración. Reconoce el riesgo de quedar atrapado en una caricatura propia.
“El poder seduce. La admiración seduce. El personaje seduce.”
Y cuenta una escena reveladora.
Antes de dar una charla contra el aborto y la ideología de género fue a la Parroquia San Miguel Arcángel, en barrio Echesortu. Allí habló con el Padre Guillermo y le pidió que lo bendijera y rezara para que Dios le diera sabiduría y su mensaje no se convirtiera en un discurso ofensivo, sino en un aprendizaje.
“Muchas veces temía que el personaje se comiera la intención real.”
En esa reconstrucción espiritual también aparecen otros nombres importantes para él, como el Padre Tarcisio, a quien considera otro de sus grandes guías espirituales.
Masculinidad, Cristo y contradicción
Cuando se le pregunta si hubo alguna figura masculina que realmente le enseñara qué significa ser hombre, responde sin dudar:
“Cristo. Y no es una respuesta religiosa. Es una respuesta sincera.”
La frase atraviesa todo su discurso político y personal.
Porque para Scavuzzo la masculinidad no parece estar asociada solamente a fuerza o autoridad, sino también a sacrificio, responsabilidad y capacidad de amar.
“Cristo fue humilde por amor, se enojó por amor, perdonó por amor y murió por amor.”
Pero incluso ahí aparece otra vez la contradicción.
Porque mientras intenta acercarse a ese ideal, reconoce constantemente su propia distancia respecto de él.
“Lo niego como Pedro, lo traiciono como Judas y dudo de Él como Tomás.”
En tiempos donde gran parte de la política se construye desde personajes perfectamente calculados, Scavuzzo parece mucho más interesado en mostrarse imperfecto. En lucha.
Acusaciones, escraches y resistencia
Durante los años de mayor exposición, Scavuzzo quedó envuelto en campañas de desprestigio, escraches y acusaciones extremas.
“Me intentaron escrachar advirtiendo que era una persona violenta, machista autoritaria y hasta me acusaron de nazi”, recuerda entre risas.
Pero admite que aquellas situaciones lo afectaban emocionalmente.
“Siempre me pusieron nervioso esas acusaciones, pero igual seguía en la mía. Mucha gente me defendió igual.”
En retrospectiva, dice entender mejor sus propios errores.
“Al Nicolás que empezaba le diría que escuche más y hable menos.”
También reconoce que durante mucho tiempo intentó salvar estructuras políticas condenadas por su propia soberbia.
“Si no aprendo a resistirme a mi impulso de querer transformar una estructura desviada corro el riesgo de quedar pegado a eso.”
Conservador, moderno y contradictorio
Scavuzzo rechaza la idea del conservador rígido incapaz de adaptarse.
Admira la tecnología, entiende la lógica estética moderna y maneja con naturalidad las dinámicas narrativas de redes sociales.
Pero insiste en una definición muy propia del conservadurismo:
“El conservadurismo no es preservarlo todo, sino conservar lo que funciona y modificar lo que no.”
¿Y qué considera que sí funciona?
“La fe en Cristo, el amor a la patria, la familia tradicional, el trabajo y las costumbres sanas.”
Sin embargo, también hay contradicciones que él mismo admite.
Habla del ego como una lucha diaria. Reconoce que pelea más de lo que escucha. Y cuando se le pregunta qué le daría más miedo leer en un libro sobre sí mismo dentro de diez años, no responde que teme fracasar.
Tampoco teme ser llamado extremista.
“Odiaría leer que traicioné mis principios.”
Y quizás esa frase termine explicando toda su historia mucho mejor que cualquier etiqueta política.
El hombre detrás de todo eso
Después de horas de conversación queda claro que Nicolás Scavuzzo ya no parece interesado únicamente en ganar discusiones.
Hay algo distinto.
Más introspectivo. Más disciplinado. Menos desesperado por demostrar.
“No tibio, no moderado”, aclara. “Me refiero a mejor expresado.”
Cuando se le pregunta qué sería hoy sin el personaje político, sin el dirigente, sin el polemista, responde casi como si estuviera hablando consigo mismo:
“Un varón más disciplinado, más establecido y más hambriento de Cristo, con más amor por dar.”
Y después, tras una conversación cargada de política, fe, poder, ego y reconstrucción personal, rompe toda solemnidad con una sonrisa:
“Bueno… y también debería ser un poco más disciplinado con el deporte.”








