
EL BESO
Cada mañana tras sacar a mi perro a orinar al jardín de la casa, una vez cumplida la tarea, regresaba con paso rítmico a buscar mi maletín para partir hacia mi trabajo.
Ella esperaba su beso en la frente, se acercaba hasta el umbral de entrada y cumplido el ritual me despedía con su mano hasta que mi figura se desdibujaba con la distancia de la caminata.
Muchas veces pensaba, es algo ingenua, parece no percibir que hace mucho tiempo que he dejado de amarla, ya su piel no me atrae, ni sus bromas me hacen reír, es más cuando puedo estiro la jornada para no tener que volver a casa y encontrarla; siempre alegre como si no advirtiera ningún cambio en mí.
Quizás en realidad no lo hace, desde que perdimos a nuestro único hijo, ya nada tiene sentido para mí, los días se han vuelto grises, nada me motiva a seguir; creo que hasta podría ordenarle a mi corazón que dejara de latir sin inmutarme. Todo es rutina, y más rutina. Creo que soy más importante para el perro que para ella.
Aún así no sé irme a trabajar sin darle un beso en la frente, como cada mañana, a la misma hora, sin su risa aniñada me faltaría el aire, el silencio me abruma; lo odio porque me pone en contacto con mi interior que me pide cuentas y reclama por mis innumerables errores.
No puedo sin ella, de manera casi incomprensible con sus pocas palabras ¡me hace tanta falta! Llena mis vacíos, forma parte de mí. Hemos atravesado media vida juntos, y nuestro niño partió así sin despedirse una mañana fría como ésta.
Es por eso que me acerco a ella otra vez y en puntas de pié posa su frente levemente sobre mis labios, es que nos necesitamos.
P.E.B.
Te espero cuando quieras con tu relato para pensar. Desde ya muchas gracias por su atención lector.
BEATRIZ CELINA LIBERTI
GRAFOLOGA CIENTIFICA
MAT. 309










