Los niños del altillo

CUENTO ESCRITO POR EMILIANO MEZZABOTTA

 

Esta es la historia de Guillermo, un niño que vivía en la calle. Imaginen una noche fría de invierno, donde todos están durmiendo calentitos en sus hogares y no pasa ni un coche por la calle. Mientras todo el mundo apagaba las luces y se abrigaba con el cubrecama, Guillermo no tenía ni techo ni comida.

Contaba con un colchoncito y una manta finita para cubrirse, además de sus prendas. Esa noche, Guille se acomodó a un costado de una enorme vivienda, la cual tenía una reja y una ventana al lado de la puerta. En ese momento llegó a la casa un hombre de barba larga y piel arrugada, quien, al ver al niño, se apiadó y lo despertó.

—Oye niño, despierta. ¿Qué haces durmiendo en la calle? —le preguntó mientras le colocaba la mano en el hombro.

—No tengo casa —le respondió el pequeño, con los ojos entreabiertos.

—Hace mucho frío. Ven. Entra. Puedes pasar la noche aquí, en mi casa.

—¿De verdad?

Por supuesto. No puedes pasar frío aquí afuera.

 —¡¡¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS…!!! —repetía el niño.

—Soy Guillermo —se presentó el pequeño.

—Yo soy José. Pero puedes decirme Pepe.

Hola Pepe.

Ambos entraron a la casa. —Date un baño —le dijo Pepe a Guillermo, mientras lo acompañaba al baño. —Avísame cuando termines—.

Guille se desvistió rápidamente y entró a la ducha. Pepe llevó su ropa sucia al lavarropas. De repente, se escucharon gritos.

—PEEEEEPEEEEE

El hombre corrió de inmediato en su auxilio. Corrió las cortinas de la ducha y el niño estaba tiritando de frío con sus dientes chocando entre sí. Inmediatamente, Pepe cerró la llave de agua. ¡Guillermo había abierto el agua fría!

—Niño, es la otra llave la que debes abrir. ¿Acaso quieres morirte de frío?

—Lo siento. Gracias Pepe.

Al terminar de bañarse, Guille pidió su ropa, pero José la había tirado a la basura debido al mal estado en el que estaba.

La ropa que llevabas puesta estaba deplorable. Toda rota y sucia, con olor muy fuerte. Te traeré otra ropa para que te vistas. Espera aquí.

El señor le trajo un pantalón y una remera que tenía guardadas en algún rincón de la casa. Estaban viejas, pero abrigaban bien. Contento como un perrito que levanta las patitas, se colocó la ropa. Pepe lo acompañó hasta el altillo de la casa, donde había una linda y cómoda habitación para que pudiera pasar la noche.

—¿Y tú dónde vas a dormir? —preguntó Guille a Pepe, curioso.

Abajo, en un cuartito.

Inmediatamente después de decir esto, cerró la puerta y lo dejó hablando solo. Guille se recostó en la cama. El colchón era grande y suave. Muy confortable. Además, no pesaba sobre su cuerpito la helada que había afuera. Se colocó el cubrecama dejando afuera su cabeza. Sin embargo, aún no se podía dormir. ¿Qué pasaba? ¡La luz, la luz irradiaba sobre su rostro! Después de un buen rato buscando el interruptor, lo encontró y apagó la luz.

Cuando se estaba acomodando de nuevo en la cama, sintió ganas de ir al baño. Al terminar, sintió un ruido extraño. Abrió muy lentamente la puerta del baño, pero no pudo ver nada. Volvió rápidamente a la habitación. Estaba por acostarse nuevamente, cuando vio algo extraño sobre su almohada. Había un papel que decía: “TE EQUIVOCASTE”. En ese mismo momento, volteó y vio una silueta blanca. Su cara se tornó del mismo color, al mismo tiempo que empezó a tener palpitaciones mientras se deslizaban gotas por su frente.

—¿¡Q-Q-Q-QUIÉN ERES!?

—Soy Agustín. Tranquilo. No te voy a hacer daño.

Guillermo respiró.

—¿Qué haces? ¿Por qué estás así?

—He venido a advertirte sobre ese mensaje que leíste sobre tu almohada. No debiste haber entrado a esta casa.

—¡Oye! Estaba en la calle, tenía frío. Pepe me ofreció su hogar. ¿Cómo no iba a aceptar su ayuda?

—Lo sé. No eres el primer niño que cae en esta trampa.

—¿Qué trampa?

El fantasma le explicó a Guillermo que esa carta era un papel que llevaba décadas escrito y que se lo había dejado él. Años atrás, Agustín estaba en su misma situación y el viejo, al igual que a Guille, lo rescató, lo acobijó en el altillo una noche, lo bañó, le dio comida y cama calentita. Sin embargo, el anciano no resultó ser quien decía ser.

Pero, ¿por qué? ¿Quién es Pepe y por qué hace esto? —preguntó Guille, a punto de llorar.

En ese momento, Agustín, el niño fantasma, señaló con su dedo índice derecho una marca que tenía en su cuello.

—Así fue como me morí, hace varios años —susurró.

Guillermo sintió que el aire se le quedaba atrapado en el pecho.

—¿Quién… quién… quién te ha hecho eso? —preguntó, con la voz raspándole la garganta del miedo.

El niño fantasma lo miró fijamente.

—¿No te lo imaginas?

En ese momento, la puerta del dormitorio del altillo se abrió de golpe. Guillermo giró la cabeza hacia la entrada. Cuando volvió a mirar, Agustín ya no estaba. Sólo quedaba el viejo papel sobre la almohada.

Guille lo tomó con las manos temblorosas. El mensaje decía lo mismo que antes:

TE EQUIVOCASTE.

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