Hay momentos en la vida en los que el hombre debe detenerse y hacerse preguntas que ninguna distracción puede silenciar:
¿Quién soy?
¿Para qué vivo?
¿Hacia dónde camino?
Desde los comienzos de la humanidad, el hombre ha buscado respuestas. Ha levantado civilizaciones, explorado los cielos, desarrollado ciencias, creado obras de arte y construido sistemas de pensamiento para intentar comprender el universo y comprenderse a sí mismo.
Pero, a pesar de todos sus avances, existe una herida que permanece abierta:
El corazón humano sigue buscando.
Busca sentido.
Busca verdad.
Busca amor.
Busca algo que no desaparezca.
Porque el hombre fue creado para algo más grande que este mundo.
San Agustín lo expresó con una frase que atravesó los siglos:
«Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti.»
Esa inquietud no es una debilidad. Es una señal de grandeza. El alma humana tiene una sed que ninguna realidad creada puede saciar completamente, porque fue creada para Dios.
El problema aparece cuando el hombre intenta llenar con criaturas aquello que solamente puede llenar el Creador.
Un mundo que busca respuestas lejos de Dios
El hombre moderno no dejó de buscar trascendencia. Sigue teniendo hambre de algo superior, pero muchas veces intenta encontrarlo lejos de Dios.
Busca respuestas en supersticiones.
Busca seguridad en promesas vacías.
Busca llenar el vacío interior con placeres pasajeros, reconocimiento, poder o posesiones.
Pero detrás de todas esas búsquedas existe una misma realidad:
Un corazón humano que desea encontrar aquello para lo cual fue creado.
El hombre fue creado para adorar.
Y cuando deja de adorar a Dios, no deja de adorar. Simplemente comienza a entregar su corazón a otras cosas.
Como advierte San Pablo:
«Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador.» (Romanos 1,25)
Sin embargo, la creación no es enemiga de Dios.
Al contrario.
La belleza del mundo habla de su Autor.
La ciencia, cuando busca la verdad, descubre el orden admirable de una creación que no es fruto del caos.
El arte, cuando busca la belleza, refleja una pequeña huella de la belleza eterna.
La filosofía, cuando busca la verdad última, se acerca al fundamento de todo lo que existe.
Pero todo encuentra su plenitud cuando vuelve a su origen.
Porque todo fue creado por Cristo y para Cristo.
«Todo fue creado por medio de Él y para Él. Él existe antes que todas las cosas y todo subsiste en Él.» (Colosenses 1,16-17)
Ese Él es Jesucristo.
Cristo no vino por los perfectos
Cristo no es una parte de la vida.
Cristo es la Vida.
No es solamente un maestro moral.
No es solamente una tradición heredada.
Es Dios hecho hombre.
Es el Verbo eterno que entró en nuestra historia.
Es el Dios que no permaneció distante mirando la miseria humana desde el cielo, sino que descendió para buscar al hombre perdido.
Y aquí está el misterio más hermoso de nuestra fe:
Cristo no vino por hombres perfectos.
Vino por pecadores.
Vino por los heridos.
Vino por los que habían caído.
Vino por quienes sentían que ya no había esperanza.
Vino por mí.
Vino por vos.
Muchas veces el hombre piensa:
«Cuando sea mejor, voy a acercarme a Dios.»
«Cuando deje mis errores, voy a volver.»
«Cuando sea digno, Dios me recibirá.»
Pero el Evangelio muestra lo contrario.
Dios no espera que el hombre se haga perfecto para amarlo.
Dios ama al hombre para transformarlo.
Como dice Cristo:
«No son los sanos los que tienen necesidad de médico, sino los enfermos. Yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores.» (Marcos 2,17)
Lázaro: el hombre que estaba muerto y volvió a vivir
Una de las escenas más profundas del Evangelio es la resurrección de Lázaro.
Lázaro no estaba simplemente enfermo.
Estaba muerto.
Habían pasado cuatro días desde su muerte y la corrupción ya había comenzado.
Cuando Jesús llegó, Marta le dijo:
«Señor, ya huele mal, porque hace cuatro días que está muerto.» (Juan 11,39)
Humanamente, no había solución.
No había medicina.
No había fuerza humana capaz de devolverle la vida.
Pero Cristo no retrocedió ante la tumba.
No huyó del olor de la muerte.
No se alejó de la corrupción.
Se acercó.
Y lloró.
Porque Dios no es indiferente al sufrimiento humano.
El Creador del universo lloró frente a una tumba.
Después levantó los ojos y pronunció una palabra que solamente Dios podía pronunciar:
«Lázaro, sal afuera.» (Juan 11,43)
Y aquel que estaba muerto volvió a vivir.
Pero Lázaro no es solamente un personaje del pasado.
Lázaro soy yo, sos vos, somos nosotros.
Porque también existen sepulcros interiores.
Existen almas que continúan caminando por fuera, pero que por dentro están heridas, cansadas y vacías.
Y puedo decirlo desde mi propia historia:
Hubo un momento en que mi alma era como aquella tumba.
Mi alma olía a osamenta.
Estaba muerto y putrefacto.
Mis errores, mis heridas, mis caídas y mis pecados parecían haber construido una piedra imposible de mover.
Parecía que ya no había nada que rescatar.
Pero Cristo no miró la corrupción del sepulcro.
No miró mi miseria para condenarme.
Miró al hijo que quería recuperar.
Y al igual que a Lázaro, Cristo me llamó con autoridad y amor.
Me ordenó salir de aquella tumba.
Su voz fue más fuerte que mi muerte.
No porque yo fuera fuerte.
No porque yo lo mereciera.
Sino porque su misericordia fue más grande que mi miseria.
Hoy puedo decir que estoy vivo porque Cristo tuvo compasión de mí.
La tumba no tuvo la última palabra.
El pecado no tuvo la última palabra.
La oscuridad no tuvo la última palabra.
La última palabra la tuvo Cristo.
La Cruz: el amor que venció la muerte
El mismo Cristo que llamó a Lázaro fuera del sepulcro fue quien caminó hacia el Calvario por amor a nosotros.
Los hombres pusieron una cruz sobre sus hombros.
Una cruz pesada.
Una cruz de madera que golpeaba sobre un cuerpo agotado por los azotes, la sangre y la humillación.
Pero aquella cruz visible no era la carga más grande.
Sobre sus hombros llevaba algo mucho más pesado:
Nuestros pecados.
Nuestras heridas.
Nuestras traiciones.
Nuestras miserias.
Y aun así caminó.
No porque no pudiera detenerse.
No porque estuviera obligado.
Caminó porque amaba.
Los clavos atravesaron sus manos, pero no fueron los clavos los que sostuvieron a Cristo en la Cruz.
Fue el amor.
«Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.» (Juan 13,1)
La Cruz demuestra que ningún pecado es más grande que la misericordia de Dios cuando el hombre se arrepiente y vuelve a Él.
La voz de Cristo sigue llamando
Los pecados, las heridas y las caídas no son una simple lista de errores.
Son señales de un corazón humano que necesita ser sanado.
La soberbia nos aleja de Dios.
La falta de amor destruye nuestras relaciones.
La búsqueda desordenada de placer nos esclaviza.
La avaricia nos hace olvidar lo esencial.
El resentimiento endurece el corazón.
La indiferencia espiritual nos aleja de la fuente de la Vida.
Pero Cristo no vino solamente a señalar nuestras heridas.
Vino a curarlas.
Vino a levantar lo que estaba caído.
Vino a devolver la vida que habíamos perdido.
El mismo Jesús que lloró frente a la tumba de Lázaro sigue acercándose hoy a nuestras tumbas interiores.
Sigue llamando.
Sigue esperando.
Sigue diciendo:
«Sal afuera.»
Sal de aquello que te destruye.
Sal de aquello que te esclaviza.
Sal de la oscuridad.
Volvé al Padre.
Porque Cristo no abandona el sepulcro.
Cristo entra en él.
Y donde el mundo solamente ve muerte, Dios todavía puede hacer nacer una resurrección.
Porque la última palabra no pertenece al pecado.
No pertenece a la derrota.
No pertenece a la muerte.
La última palabra pertenece a Cristo.
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá.» (Juan 11,25)
Y si Cristo vive, todavía hay esperanza.





