Hay coincidencias históricas que merecen ser observadas con atención.

Mientras la Argentina vuelve a colocar la cuestión Malvinas en el centro de su agenda internacional, el Reino Unido enfrenta una discusión cada vez más incómoda dentro de sus propias fronteras: ¿hasta dónde puede sostenerse una unión cuando algunas de las naciones que la integran reclaman el derecho a decidir su propio destino?

Este lunes 14 de septiembre, en Cardiff, los dirigentes de Escocia, Gales e Irlanda del Norte se reunirán para reclamar precisamente eso: el derecho de sus pueblos a decidir mediante referéndum su futuro constitucional. John Swinney, Rhun ap Iorwerth y Michelle O’Neill, representantes del SNP, Plaid Cymru y Sinn Féin, buscan coordinar una posición común en torno a la autodeterminación.

No significa que el Reino Unido vaya a desaparecer mañana. Pero sí significa que la vieja Unión británica vuelve a ser discutida desde sus propios cimientos.

Y para la Argentina, el asunto tiene un interés evidente.

Porque hay una palabra que une ambas cuestiones: autodeterminación.

El principio que vuelve como un espejo

Londres sostiene desde hace décadas que los habitantes de las Islas Malvinas tienen derecho a decidir su futuro político. La posición argentina, en cambio, sostiene que la cuestión no puede resolverse mediante una autodeterminación entendida como derecho de una población establecida bajo dominio británico a decidir unilateralmente la soberanía del territorio.

La diferencia es fundamental.

La Resolución 2065 de la Asamblea General de las Naciones Unidas, aprobada en 1965, reconoció la existencia de una disputa de soberanía entre la Argentina y el Reino Unido y llamó a ambos Estados a negociar una solución, teniendo en cuenta los intereses de los habitantes de las islas.

Intereses. No una facultad ilimitada para decidir la soberanía.

Y allí aparece la pregunta que Londres debería responder.

Si la voluntad de una comunidad puede determinar el futuro constitucional de un territorio, ¿por qué ese principio es aceptable para Escocia, Gales o Irlanda del Norte, pero se presenta como una cuestión completamente diferente cuando hablamos de Malvinas?

Por supuesto, jurídicamente no son casos idénticos. Y sería un error serio afirmar lo contrario.

Escocia tiene una identidad nacional histórica y unas instituciones propias que preceden al Reino Unido. Gales también posee una identidad nacional diferenciada. Irlanda del Norte, por su parte, tiene un régimen específico establecido por el Acuerdo de Viernes Santo de 1998: su pertenencia al Reino Unido depende del consentimiento de la mayoría de sus habitantes y existe un mecanismo para consultar sobre una eventual reunificación irlandesa.

Es decir, el propio ordenamiento británico admite que la configuración territorial del Reino Unido no es inmutable.

Escocia, además, acaba de publicar un proyecto de ley para celebrar un nuevo referéndum de independencia, mientras su primer ministro John Swinney reclama a Westminster transformar el reconocimiento político del derecho a decidir en un mecanismo jurídico concreto.

Un problema británico, una oportunidad argentina

Desde nuestra perspectiva nacional, sería absurdo celebrar simplemente cualquier dificultad que atraviese otro país.

Pero sería igualmente absurdo no analizarla.

Si Escocia avanzara hacia la independencia, si Gales profundizara su proyecto nacional o si Irlanda del Norte optara democráticamente por la reunificación con la República de Irlanda, el Reino Unido dejaría de ser el mismo actor político y estratégico que conocemos.

Y la Argentina debe estar preparada para cualquier escenario.

No para esperar la caída de Londres.

Para defender nuestros intereses cuando las circunstancias internacionales cambien.

La política exterior seria funciona así: no depende de milagros, depende de estrategia.

Por eso Malvinas no puede ser una consigna ocasional ni una bandera que aparece únicamente durante una campaña electoral. Tiene que constituir una política permanente del Estado argentino.

La soberanía no se recupera con nostalgia.

Se recupera con diplomacia, desarrollo, presencia internacional, poder económico, capacidad militar y perseverancia histórica.

Una nación no es solamente un mapa

Hay además una dimensión que desde una mirada nacional y católica resulta imposible ignorar.

Una nación no es simplemente una administración territorial.

Es una comunidad histórica.

Tiene memoria, tradiciones, lengua, cultura, símbolos, sacrificios y generaciones que reciben una herencia y tienen el deber de transmitirla.

Por eso podemos mirar con simpatía las aspiraciones nacionales de escoceses, galeses e irlandeses sin confundir sus historias con la nuestra.

Irlanda tiene su propia historia.

Escocia tiene la suya.

Gales tiene la suya.

Y la Argentina tiene Malvinas.

No necesitamos odiar al pueblo británico para sostenerlo. No necesitamos desconocer la dignidad de quienes viven en las islas para afirmar nuestra soberanía.

Necesitamos, simplemente, tener memoria nacional.

El Reino Unido frente a su propio argumento

Quizás la cuestión más interesante sea ésta:

Durante décadas, Londres ha pedido al mundo que mire Malvinas desde la perspectiva de la voluntad de sus habitantes.

Ahora tres de las naciones que componen el propio Reino Unido vuelven a reclamar el derecho a decidir su futuro.

Mañana, en Cardiff, veremos hasta dónde llega esa coincidencia política.

No sería correcto afirmar que Escocia, Gales, Irlanda del Norte y Malvinas constituyen casos jurídicamente equivalentes.

Pero sí es legítimo preguntar si el Reino Unido está dispuesto a aplicar con la misma coherencia los principios democráticos y de autodeterminación que invoca cuando defiende su posición en el Atlántico Sur.

Porque si la historia demuestra algo, es que ninguna construcción política es eterna.

Los imperios también cambian.

Las fronteras también cambian.

Y las naciones, tarde o temprano, vuelven a preguntarse quiénes son y qué destino quieren para sí mismas.

Desde Argentina podemos observar ese proceso con respeto, pero también con una certeza:

Irlanda, Escocia y Gales tienen derecho a discutir su destino. Y la Argentina tiene derecho a seguir reclamando el suyo: recuperar las Islas Malvinas.

Porque algunas causas no prescriben con el paso del tiempo.

Se transmiten de generación en generación.

Y Malvinas es una de ellas.