CUANDO LA REALIDAD SE VUELVE RUTINA

Los argentinos de años pasar nos hemos vuelto neutrales, indiferentes o despreocupados. Oír un «viva la Patria» o ver en tantos posteos  que alguien lo escriba con plenitud de conciencia y deseo auténtico se ha vuelto más difícil que buscar un jugador que supere las habilidades y el corazón de Lio Messi (a propósito porque la pertinacia de los medios y quienes en ellos trabajan de llamarle «Leo» cuando su nombre de pila es «Lionel).

Decía de las dificultades de oír o leer un «viva la patria auténtico». Molesta, fastidia esa omisión pero hay un algo (o alguien) que puede tener o no nombre y apellido que nos ha hecho perder ese auténtico sentimiento patriótico que se desvanece como consecuencia del transcurso de los años viviendo  -en mi caso casi un siglo-  con las alternancias gubernamentales más disímiles que puedan existir.

Nací con el generalato fascista que encarnaba el golpe militar del 4 de junio de 1943, y que a mi época ya había llevado al ejercicio del poder por vía fáctica  -cuando no-  a un oscuro general en el ejercicio de su rol pero hábil manipulador de multitudes que se llamó Juan Perón y que estaba a un paso de ser elegido presidente por el pueblo de la Nación Argentina. Para ello se necesitaba ambición  -que le sobraba-, ignorancia en el elector  -que no se vio escasear-  y elecciones  libres, o no,  total lo que importaba es que el nombre impreso en la boleta como candidato a presidente pudiera sentarse en el sillón de Rivadavia y un excelente apoyo mediático  -salvo rarísimas excepciones como fuera «La Prensa» matutino porteño de los Gainza Paz-  que más tarde fuera confiscado  y copado por las bandas de matones a sueldo del Movimiento que ya había logrado cruzar la frontera de lo partidario y convertirse en un *movimiento*  que sugería que se podía pertenecer a él viniera de la izquierda loca o de la derecha intolerante. «… todo es igual, nada es mejor», presagiaba la poesía de Enrique Santos Discépolo veinte años atrás.

Ganó una elección con la pobreza franciscana de un slogan que resumía su pensamiento y el de sus seguidores: «Braden o Perón». Spruille Braden, por entonces embajador de USA en nuestro país competía con el defensor de los pobres y descamisados. Por supuesto que todo era ficción, algo así como ocurrió 73 años después entre los «fervorosos nacionalistas» que catapultaban a un ignoto profesor de Derecho Penal junto a una devota abogada afortunada que había ganado esa fortuna gracias a su éxito profesional de lo que nunca se supo si era cierto  -no lo ganado sino el título invocado como instrumento-.

De aquel entonces nació hasta una marcha que llevaba, sin vergüenza alguna, el nombre de quien había sido coronel destituyente del Presidente constitucional Hipólito Yrigoyen en 1930. Muy captadora de voluntades sobre todo si, por entonces, se quería trabajar en radio o algún medio  -televisión no había-  de muy buen ritmo y atractiva poesía que valía más, mucho más, cuando era cantada por un ícono de esa época.

En ejercicio del poder y avanzada la primera etapa donde la única voz permitida era la que le respondía al presidente y sus seguidores, gustó tanto del poder que se lanzó a la modificación constitucional. El objetivo era modificar la sabia constitución de prosapia alberdiana que prohibía la reelección presidencial  -salvo el transcurso de un período-. El general estaba dispuesto a dar su vida por los humildes «cabecitas negro» que eran muchos y para ello necesitaba, a mis siete años, gobernar un nuevo período de seis años. Sobre el mismo volveremos… pero no seremos millones como acostumbraba decir la esposa del General de aquellos tiempos, sino simplemente un cuenta vida.

 

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